figurilla de barro


Te vi un día que regresaba de la obra–le dije–Es que yo me fijo en todo. Estabas sentada bajo una lila, con un cuaderno rojo entre las piernas, parece que leías. Te imagine flotando en el tiempo, protagonista de algún cuento escrito hace mil años, una mujer cubriéndose con una chaqueta de mezclilla, analizando la vida desde un barrio viejo, con pocos vecinos y malos caminos.
En ese entonces mi rostro solo eran las huellas que dejaba el sol y mi única preocupación eran los seiscientos pesos con los que alcanzaba a embriagarme. Era lo único que hubiera podido invitarte y no creo que pensaras en ello. Así empiezo la curiosidad, saber si estarías ahí en jueves o sábado. Después me entere que nunca faltabas a misa, debe estar loca, pensé, creer en cruces si siempre dicen en la radio que uno no debe fiarse ni de sus sentidos. Me senté una tarde junto a la casa abandonada, desde donde se veía la banqueta que poblabas. No hacías nada más que leer, el cuaderno que tenias, sin hacer caso de las risas de la gente, de las invitaciones de quienes paseaban en sus sentra y gran marquises, también era mi sueño en ese entonces tener uno, pasear por el centro, irme lejos. ¿Ese cuaderno te enseño a reconocer el carácter de la gente?, ¿todo lo que leías te enseño a expresarte correctamente?, lo que tenia más ganas de saber era porque siempre estabas sola, ahora que lo pienso, debe ser incomodo estar tan callado como el árbol para que siguieras leyendo. Cuando uno trabaja en la obra, lo único que sabe seguro es que al alba empieza el trabajo y que se suda el pan todos los días, por eso hubo muchos días que volvía más tarde. Entonces me dieron ganas de buscarte en cualquier parte, en esa calle tan larga donde imaginaba que vivías, porque Rosita la de la tienda era solita. ¿sera tu casa esa morada donde Don Nabor puso el piso la semana pasada?
A media tarde nunca fallabas junto al arbusto. Tu expresión parecía una de esas figuritas tristes que venden en el cent, joven pero con la sonrisa envejecida. Mis ojos te absorbían y se me olvidaba por tu presencia, el descuido de la mía, entonces supe que debía cruzar alguna palabra contigo. Esa especie de distancia que había entre los dos, no en edad, me hacia tener miedo, tal vez mis amigos tenían razón, no había nada que pudiera decirte. Me senté en la plaza y lo primero que escuche decir era que tenías mala leche, es así de fácil darse cuenta que dos están en el mismo lado del mundo. Me senté un par de veces junto a ti en misa, tu y yo con camisas planchadas y distintas, tal vez por eso la única sonrisa cómplice, pedias por los tuyos al final, pero yo te miraba. De donde vengo no se pide por nadie, cada uno tiene que aprender a cuidarse, de los golpes de la mala suerte, cada quien debe buscar en el andamio su equilibrio.
Me dijo un día que le gustaba reír. Me di cuenta después de tantos años que un cuaderno o una hoja es lo mismo cuando se tiene un pensamiento que guardar. A ti siempre te voy a creer aunque sepas mentir.

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